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De Quimeras y Ensoñaciones

Punto de encuentro

Punto de encuentro

Un tren parte de Barcelona a una determinada hora de un día concreto y unos diez minutos más tarde, parte otro tren de Sevilla. El tren de Barcelona circula por la vía a una velocidad constante, y sin aceleración, de x metros por segundo, mientras que el de Sevilla lo hace a x+y metros/seg. Suponiendo que entre las estaciones de Barcelona y Sevilla hay unos cuantos kilómetros. ¿Dónde se encontrarán ambos trenes?.

¡¡ Qué falta de imaginación !!

Yo les estoy hablando de erotismo, de sexo, de relaciones íntimas y personales y vosotros/ustedes se me regresan a sus tiempos de colegio. Incomprensible e imperdonable.
Sólo, pregúntense. ¿Cuántas veces haciendo el amor coincidieron en el tiempo y en espacio, ambos miembros de la pareja, en alcanzar el orgasmo al unísono?
¿Cuándo el tren de Barcelona y el de Sevilla se cruzaron en un punto de encuentro, sin que aconteciese retraso en uno ó adelanto en el otro?

Pues que eso, hablemos de sexo con seso entre Barcelona y Sevilla.

Si hubiese escrito que un tren parte de Barcelona, recién duchado, perfumado, ataviado con lencería fina, al encuentro de otro tren que parte de Sevilla con corbata y calcetines blancos, recién afeitado y con una rosa entre sus manos, ambos circulando a velocidad constante, a pesar del retraso significativo acaecido al tren de Barcelona, y a la precipitación del sevillano, que corre ... ¡¡ Vamos qué corre ¡¡ .

Presa de aquella curiosidad pecaminosa que puede convertirse en anhelo insaciable como la pasión por una mujer, corre el tren al encuentro en un punto unívoco del universo, el punto de encuentro en medio de una vía férrea de locura y desatino.
Y a ese punto, llamémosle G, le definiremos por las coordenadas cartesianas del clímax y del punto sin retorno, allá donde el éxtasis se encuentra, y los fuegos de artificio se expanden en volutas de chispas de mil y un color sobre la vía férrea del convoy de largo recorrido.
Os cuento una historia, hay una viajera en el tren de Barcelona y un viajero en el tren de Sevilla, ellos siempre al encuentro, pero ocurre infinidad de veces, que el sevillano se baja en Puertollano, ó en Ciudad Real, a mitad de camino, por un imprevisto, un orgasmo que ha llegado antes del tiempo previsto, no hay un punto G alcanzado, no coinciden los destinos, alguien se ha apeado en la estación sin compasión, sin abrazos de pasión. Desilusión. Desesperanza. Frustración.

Si es difícil, si no hay acuerdo, si la cama no guarda bien su calor, si el color es azul y rosa a destiempo, si un viajero desciende antes de tiempo, alguien un día dijo que el secreto radica en volver a intentarlo.  




Puntos suspensivos

Puntos suspensivos

El problema matemático más dificil de resolver, no se trata de la ecuación de relatividad de Einteín, puesto que ya se sabe, ni el compuesto X de los alquimistas para transformar las piedras en oro, que no se sabe, no no, no, ni tan siquiera es la cuadratura del círculo, ni los números imaginarios, ni la teoría de la multiplicación de una bactería en un caldo de cultivo, ni la cábala especulativa de cual es el principio del infinito ó el final del vacio, el problema matemático más dificil de resolver es sin lugar a ningún error posible..... La mujer.

La matería más dulce, por encima del azucar, por encima del pastel de fresa con nata, por encima del chocolate blanco en pastillas ultrafinas arropadas con papel fino de plata, por encima de un refresco , servido en un vaso largo con hielo en una paradisiaca playa caribeña, por encima de un cafe con un dedo de un licor ligeramente afrutado al fondo y nata con canela por encima servido en el hemisferio norte, ó sur, es sin lugar a ninguna duda posible,  el estar encima de ..... Una mujer.

La extravagancia en el comportamiento más inquietante, no se da entre marcianos de un mundo de ciencia ficción, ni entre los jíbaros reductores de cabezas, ni en el método de apareamiento de la mantis religiosa u otras especies cuya hembra asesina al macho tras la cópula, ni tan siquiera entre aquellos cuyo meta es figurar en el libro Guines de los récord, ni hablar, el comportamiento más demoledor de todos, es por cierto, el de …. La mujer.

Claro que, más bello que el rojo del atardecer en una puesta de primavera, ó un bodegón del más afamado pintor de todos los tiempos que a su vez fuese escultor y en mármol forjase figuras hermosas, más relumbrante que el brillo de un anillo de plata con incrustaciones de brillantes, más lindo que un ecosistema cristalino de peces de colores nadando en torno a un arco iris tridimensional, mucho más bonito que una flor al nacer, es sin parangón, el cuerpo… de una Mujer.

Puntos suspensivos ……     

El ser con más sentido del humor del planeta, es pues, sin lugar a duda, por haber descubierto todas estas historias,  .... El hombre.



Pétalos secos

Pétalos secos

Si a un inconformista le miras a los ojos, te dirá con ellos, que la belleza es un espejismo, que el arte no es perfecto, que la muerte es la dadora de la energía vital, y el nacer es empezar a morir, y el olvido es el maldito dolor de la noche, la soledad el estado inacabado, y la silla de anea sobre la que se sienta la última obra pieza del rompecabezas.

Aunque hace mucho que la ve pasar, el poeta sigue maltratado por su indiferencia, por el dolor de sentirse ajeno a sus arrullos claroscuros, a sus olores violeteros y a su eterno desprecio de princesa de cuento que va causando afecto con su corazón de hielo.

Acaba de pasar con su vestido blanco, su olor a flores, su encanto de duende, sus dos décadas florecientes, pizpireta y ambivalente, una niña sonriente hacia la gente, hacia la gente pudiente y corriente que no sea poeta sentado en una silla de anea.

El poeta, en la sombra, le dedica versos de amor, le entrega en palabras su desdén hecho romanticismo, le suelta piropos a luz de las velas, de las candilejas de otro tiempo, cuando sus quejas no se las llevaba la mentira de sus lamentos.

A veces, el poeta, cree que ha muerto, que ha dejado su silla de anea, su libreto en el cual escribe prosa y versos, y le entrega ramilletes de dulzura para su cuerpo de libélula, para su cabello revuelto en noches de lujuria y besos de incienso bajo lugares sagrados, prohibidos a la razón y al entendimiento.

Cuando el mercado bulle de esperanzas y verduleras lanzando gritos al barullo del mar, la chica especial se cuela por las callejas, deja su bicicleta, coloca sus ramilletes, se atusa el pelo, se hace bella a ojos humanos ya espíritus extraños, es cuando el poeta deja su silla de anea, le compra una flor cualquiera, roza sus dedos, su mano, y avergonzado de aquella caricia robada con plena alevosía, baja desmañado la vista, y se aleja a su rincón de poeta, a rumiar el placer del tacto cálido de aquella mano que tanto ha deseado. Siempre la primera flor comprada es la de un poeta inconformista, - que aun creyendo que la belleza es espejismo, vendería su libertad por ser su esclavo -, que la guarda entre las hojas de un libro que esta escribiendo, cuyas palabras son los pétalos estampados sobre un fondo blanco formando volutas de humo imaginario.

La ciencia le resta tiempo al poeta para acechar los ojos, se siente triste en su trabajo, las cosas en paz le duermen las ganas de triunfar, y sueña con verla pasar, recuerda su mercado medieval, su primera flor, su primer libro con alguna lágrima escurrida, y los favores no pedidos, tiempo perdido en vivir el pasado, esperando el regreso del viento que nunca un día sopló en su favor, pues no supo hacerlo bien.

El poeta pobre de la silla de anea, un triste día de pobreza, le pago su primera flor con una canción que ella no comprendió, que ella rechazó sin escrúpulos ni conmiseración, rompió en cachitos aquel trozo ajado de papel donde él versó sus mejores razones de bohemio y el viento esparció el confeti sobre su rostro, regando su raído traje negro con lluvia de palabras, sus propias palabras escritas para ella revolotearon rotas sobre su cabeza.

El amor escondido se rompió en pedazitos de un enigma sin firma.

El poeta humillado es ajeno al dolor.

Colecciona párpados caídos sobre su silla de anea cuando ella pasa.

Ella es ciega para él y él la sueña desde su silla de anea.

 

La inocencia del roble muerto

La inocencia del roble muerto

Te has muerto de pie, mi viejo amigo, mi árbol centenario.

¿Cuántos lustros te contemplan? .

Te conocí de niño, cuando jugaba a hacerme mayor y tú ya eras un anciano, yo fui creciendo, cambiando, y tú sobrevivías ahí afuera, alto, erguido, inmutable, siempre el mismo, si bien es cierto que te me aparecías con heridas diversas, con ramas rotas, con alguna tardía poda, con tus hojas dormidas con el frío, pero siempre en el mismo sitio, elegante, distendido, sabías amoldarte a los vientos, doblegarte, a los hielos, a los calores, a la atmósfera cada vez más enferma, a los niños del barrio y a los viejos.

Siempre recto, siempre noble, sin dobleces, sin engaños, tenías tu camino dictado hacia el cielo, libre, siempre durmiendo bajo los estrellas ó las nubes, un destino tan distinto al mío, que transcurría por caminos torcidos, innobles, y teniendo por techo un camarote viejo.

Te me moriste de viejo, ¿cierto?, ¿cierto que te me moriste de viejo, mi viejo roble de la plaza del pueblo?.

De niño trepé cien y una vez a jugar entre tus ramas, a cazar ranas imaginarias, a voltear los huevos de nidos diversos, a capturar pajarillos indefensos, a ser el rey de la selva en una selva compuesta por tan sólo un universo, tú, un roble viejo. Entre tus ramas tuve mi primera casa, con cuatro cartones mal puestos, y te he de confesar un secreto, mi primer beso, con una prima hermana llegada de otro pueblo, un verano de hace ya mil años.

No habrá más escenas de amor entre tus ramas cuajadas de verdes destellos, no cantará la cigarra, ni el ruiseñor te hablará de sus sueños, pero habrás de saber, mi querido y viejo roble amigo, que yo te vendré a ver cada tarde de los domingos, me quedaré un rato contigo, te lloraré si es preciso, si tú aguantas mis lamentos perdidos.

Te me has muerto de pie y te has llevado la alegría de la plaza, los trinos, la sombra del verano, te has llevado mi alma contigo, déjame que te cuente a que he venido, a estar contigo, puesto que se te ve muy solitario, mi querido amigo, he venido a hacerte compañía, y a que me des cobijo, a hablar un ratito, a quererte como cuando era un crío. Yo también ando sólo los caminos, mi viejo roble, y llegó el tiempo de reposar el descanso de este viejo guerrero. Aunque he de confesarte otro secreto, yo he de morir de pie, mañana es el día señalado, dejaré este lugar desde donde te contemplo cada día desde hace cinco años, caminaré con la cabeza muy alta, a primera hora del amanecer, no habrá otro lugar mejor para morir, a tus pies.

Ellos me llevarán a tu lado, pasarán la soga sobre tu rama más fuerte y gruesa y moriré de pie, viejo roble, moriré a tu lado, ajusticiado, dicen ellos, yo digo, injustamente ahorcado por un delito que no cometí.

 

El juguete del diablo

El juguete del diablo

Se le podría definir como un hombre sensatamente feliz, uno de esos tantos que pululan por las calles de la ciudad a cualquier hora del día, sin ambiciones estrambóticas, sin deseos imposibles, sin sueños de eternidad, - un hombre vulgar -, con su trabajo de nueve a ocho, su mujer, sus amigos, sus dos perros, su casa hipotecada, sus aficiones de fin de semana, y la tranquilidad de su ego, -alguien anónimo-, ajeno a las elucubraciones del mundo del poder y del dinero, de la fama y del aplauso, hasta que un día, un aciago día de un mes cualquiera, quiso el destino que la fatalidad se cruzase en su camino, aunque él no la vio como tal.

La fatalidad se movía haciendo "frus, frus" , "frus, frus", tañendo el roce de sus trapos contra su cuerpo. Percibió su sonido antes de verla, al doblar la esquina, -allá estaba ella-, una gruesa y vieja fatalidad. Se le presentaba vestida con toscos ropajes y agrias intenciones, que se reflejaban en impedirle continuar su camino. Se le plantó en medio sin mediar palabra y le asió la mano que llevaba libre, la izquierda, - en la derecha portaba un portafolios negro -, notó entonces tres sensaciones, primero su cuerpo se congeló al contacto con aquella mano helada, luego el olor fétido a alcantarillas le sobrecogió y por último y por ende más extraño, curiosamente extraño, un áurea de paz le invadió como si le envolviese en una pompa de jabón y le aislase del resto del mundo.

   Miró a aquella mujer con ojos de gato curioso, era esperpéntica, casi grotesca, como salida de la casa de los horrores del recinto ferial, pero sus ojos eran limpios, hermosos, hipnotizadores, incluso podría afirmar que eran los ojos más hermosos que había visto nunca, pero aquel espejismo tan sólo permaneció en él un instante perdido, pues la burbuja de jabón envolvente de quietud y avenencia que le arropó durante un segundo, un breve y escuálido segundo, le estalló en la cara, la paz y la hermosura se dilapidaron como el dinero en un casino, en un abrir y cerrar de ojos, literalmente en un parpadeo, su grata sorpresa de observación de aquellos valores positivos desapareció al pestañear, en esa ráfaga imperceptible de sus párpados al bajar y subir, se esfumó la belleza y se enfrentó a la cruda realidad.

   - "Puedo ver en las rayas de su mano que la desdicha le acecha … "

Fueron las palabras que escuchó, las que le devolvieron por completo a la realidad, tras el olor nauseabundo de su aliento, sus dientes grandes y amarillos, y un rictus de falsedad y engaño en la cara curtida y arrugada de aquella echadora de cartas. Se dejó hacer.

Había pasado del miedo a la sorpresa y de ésta a la gracia, ahora le divertía el aspecto y las supuestas mentiras de aquella timadora, dejaría que hablara, se dejaría engatusar, escucharía todos los bolos, la dejaría explayarse, quería ver hasta donde llegaría con su superchería

    - ".… Y la dicha es su compañera, yo le ofrezco la buenaventura a cambio de poco, a cambio de nada, caballero, déjeme que le lea la mano por unas monedas, por una monedas le otorgo la gracia de un dulce destino, de mi saber, de mi poder, le leo la buenaventura, gentil señor, a cambio de una monedas, la buenaventura, caballero".

Y él se lo permitió, la dejo hablar. Sentía cierto asco de aquella mano gruesa de uñas negras tocando la suya, pero sus risas interiores superaban aquello. ¡ Se estaba divirtiendo tanto ¡ . Siempre fue un escéptico, más incluso, un furioso defensor de lo real, rechazaba toda clase de mentiras y fabulaciones de aquel tipo con acérrimo vigor. Se reía por dentro con todas sus fuerzas de aquella vieja zíngara, gozaba con aquella estrambótica actuación tantas veces,- supuso- , tantas veces ensayada ante ingenuos turistas, ante inocentes víctimas, pero la dejaba hacer. Le intrigaba y le divertía.

Cuando terminó su soliloquio, plagado de parabienes, de dones, lleno de placenteras palabras y un futuro halagador pleno de dichas para él y para su familia, para toda su gente, lleno de prosperidad y de fortuna, palabras que adularían cualquier oído humano, menos el de un prevenido y avisado descreído como él, la mujer le soltó la mano y se la presentó en actitud pedigüeña, reclamando su óbolo, el pago de su trabajo, las monedas pactadas de antemano, pero él estalló en carcajadas ante el rostro envejecido y lleno de sorpresa de la vieja quiromante, sus risas internas se le salieron del cuerpo, ya no pudo contenerse más, exteriorizó su sarcasmo, su ironía, y se burló ante sus propias narices, le restregó su propia medicina engatusadora y con un empujón malicioso y mal intencionado, la apartó de su camino. A pesar de su gordura, la mujer tambaleo, desequilibrándose y tropezando con sus propios pies, cayó al suelo. El hombre continuó su camino dejando las carcajadas tras de sí, más fuertes aun al contemplar la estrepitosa caída de aquella mujer contra los adoquines de la calzada.

     - "Qué el diablo se te lleve poco a poco …"

Fue lo que escuchó mientras se alejaba riendo aún, …"Qué el diablo se te lleve poco a poco, poco a poco",  - a poco , cooo… - , el eco se fue alejando con sus pasos, se hizo nada, se hizo olvido.

Cuando llegó a casa, le contó lo acaecido a su mujer, como si de una anécdota se tratara y en los días siguientes aquello se le borró de su mente, cual si no hubiese existido.

 

Aquella noche mientras dormitaba en un duermevela arrítmico, una mano golpeó su frente, como si un espectro llamara a la puerta de su casa, y la casa fuese su propio cuerpo y la frente la puerta de entrada a la misma. Aquello le despertó, y al despertar sintió el cuerpo sensual de su mujer a su lado y notó que algo se distendía en su entrepierna. La blancura del brazo desnudo de ella reposaba sobre su frente. Su primera reacción fue maldecirla por despertarle, por haberle propinado un manotazo mientras ambos dormían, inconscientemente, pero pasado su primer enfado, le dio un beso dulce, invisible y con su mano derecha se propuso, muy suavemente, apartarle la mano que descansaba de forma plácida sobre su cara, por encima de sus ojos, sin despertarla, pero no pudo, aun adormecido, instintivamente, apartó el brazo de su mujer de su rostro con la otra mano, con la mano izquierda, y una vez libre de aquella molestia, fue cuando reparó en ello, se llevó la mano a la boca para no gritar, para no despertar a su acompañante.

¡ Le faltaba la mano derecha ¡

El final del brazo era un muñón romo, cicatrizado, cauterizado ¡No era posible! ¡Vaya sueño más irreal!  Así pues que lo ignoró, lo pasó por alto, no era cierto, y cayó de nuevo bajo los efectos del sopor, y soñó que acariciaba muy suavemente con sus dos manos el cuerpo desnudo de una mujer, una mujer extraña que dormitaba boca abajo, una mujer a quien no podía contemplar su rostro, un cuerpo de mujer que masajeaba desde el glúteo hasta el cuello, un cuerpo terso y blando, esponjoso y cálido, en un vaivén de ida y vuelta, mientras la izquierda acariciaba el cuello, la derecha manoseaba las partes nobles del final de la espalda, y ambas, luego, al unísono, se iban desplazando, la una hacía el encuentro de la otro, como atraídas por un imán, hacia la mitad de su ser. Cuando los dedos de ambas manos se rozaron, sintió un pinchazo que lo despertó, su mente aun volaba sobre sus propias manos acariciando una espalda de mujer y sus ojos las buscaron para contemplarlas, como quien observa a los vencederos y agraciados, a los afortunados. Al mirarlas, se sobresaltó de estupor.   

¡ No tenía manos!

En su lugar, había dos muñones inmundos, inútiles, inservibles. No daba crédito a nada.

En silencio, izose sobre sus pies, escurriéndose hacia atrás, hacia la almohada y se sentó sobre su lado de la cama, apoyando su espalda en el cabezero de madera y desde aquella postura observó a su mujer, dormitando en el otro lado, permaneció allá unos minutos y a continuación, muy despacio, sin hacer ruido, se levantó, se dirigió al aseo, encendió la luz del cuarto de baño con el codo y se miró al espejo.

Era tan cierto como que era de noche. ¡Le faltaban las dos manos! .

Si aquello no fuese tan increíblemente irreal, se hubiese puesto a gritar, pero no le dolía nada, no tenía sangre, no estaba loco, estaba cansado, terriblemente cansado, era de noche, tenía mucho sueño y ya había padecido alguna alucinación como aquella, aunque no tan real. Se dijo que mañana vería las cosas de otro modo, no era necesario alarmar a nadie, aquello pasaría y al día siguiente se reiría de su absurdidad, así pues, regresó a la cama, se tumbó al lado de su mujer y se relajó.

Soñó entonces con una extraña que le esperaba en el andén de una estación, con un abrigo largo hasta los pies, desabrochado, y soñó que sus brazos abrazaban aquel cuerpo por dentro del abrigo, en un abrazo de oso, enérgico y atrevido, largo y tendido, y su cuerpo sentía unas formas redondeadas y blandas, carnales, apretándose contra él, lo sentía a través del jersey de lana, sedoso y aterciopelado de aquella desconocida, sus voluptuosas formas curvilíneas ajustadas a su pecho, latiendo a su lado, mientras sus brazos apretaban aquel cuerpo con vehemencia y deseo, lo sentía suyo, lo hacía propio, se negaba a cederlo, a devolverlo a su propietaria, se negó hasta que una niebla blanca les envolvió, y ella desapareció, se esfumó de entre sus brazos como por encanto, entre la niebla, la misma niebla que le transportó a la oscuridad de su habitación, le depositó en la cama y entre penumbras y sombras, se fue retirando lentamente, se retiraba subiendo desde los pies de la cama, subiendo parsimoniosamente, hasta llegar a sus brazos, aquellos que habían abrazado a la mujer extraña de su sueño, y vio como la niebla se los iba llevando, a la par que la blanca cortina de humo se retiraba, sus brazos la acompañaban, fagocitados, depredados, desaparecían, sin dolor, la niebla se los robaba, trocito a trocito, como desaparece la tinta del interior de una pluma que no deja de garabatear sobre un papel en blanco.

Otro sueño, ya no hay duda.

Tan real, sin embargo.

Se quedó sin brazos, sus extremidades superiores desaparecieron de un plumazo, se fueron sin más, sin dolor, inequívocamente erróneas.

Su mujer se rebulló en el lecho.

Descartó la idea de levantarse de nuevo a contemplar su imagen en el espejo, descartó la idea de despertar a su mujer, era todo tan absurdo que era imposible que fuese cierto y se quedó dormido, no sin antes reparar en la sensualidad de aquella extraña de su sueño.

Notó un hormigueo en su pie, como si mil hormigas corrieran por encima, y al despertar, el muslo de su mujer se aposentaba sobre el suyo, semidesnudo, excitante, incluso gracioso, y de nuevo sintió algo que se despertaba en su entrepierna, ella dormía, se zafó de aquella pierna de mujer tantas veces acariciada y al hacerlo …

¡Sus pies habían desaparecido!

… - Perfecto -, se dijo tranquilo - , ya no tengo que poner una excusa para no ir al aseo, simplemente no puedo hacerlo, sin pies, no podré levantarme, y se postró de nuevo en un trance onírico, soñó que paseaba por un verde edén con una mujer extraña, rozando sus cuerpos, sus caderas, bajo un concierto de trinos de gorriones y un dulzón olor a un mar de hierba, andaban grácilmente, sin prisa, sin destino, sólo caminando con sus pies hasta donde el camino les llevase, juntos por siempre, para siempre, eternamente, pero la dicha es efímera, llega tan sólo hasta donde el camino existe, hasta que el camino se troca en precipicio y la luz ambarina en oscuridad, el olor dulce se transmuta en pestilente y los trinos en graznidos, graznidos que en algarabía, llegando a sus oídos desde la calle, le despertaron.

La luz del día se empezó a filtrar por entre las cortinas y fue subiendo desde los pies de la cama, y cual hiciese la niebla, la sombra se fue llevando sus piernas, lentamente, mientras la sombra huía de la luz del amanecer, se llevaba consigo, diluyéndolo en la nada, sus extremidades inferiores, sus piernas y sus atléticos muslos fueron eclipsándose hacia el vacío ante su incrédula mirada, no sentía nada, ningún dolor físico, como si estuviese sedado, anestesiado bajo los efectos del cloroformo en un quirófano donde un cirujano fuese diluyendo en ácido clorhídrico sus apéndices andadores y el fuese un observador pasivo.

Su esposa, a su lado, gimoteó dormida, suspiró como si soñase un sueño erótico.

Fue entonces cuando recordó las palabras de la vieja… ¡Qué el diablo se te lleve poco a poco!, ¡Poco a poco!.

Si no fuese por lo absurdo de la situación, se habría muerto de miedo.

De nuevo aquella extraña se le apareció nítida en el andén de la estación, la niebla la había regresado, y ahora, en su abrazo infinito de dos desconocidos, le susurraba palabras de amor y de deseo en sus oídos, le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, se lo estiraba suavemente, se lo comía a mordiscos, le hacía cosquillas con su lengua dentro, le besaba, le susurraba frases indecentes que le llegaban al alma, que le ponían los pelos de punta, oía notas de violín, bellas melodías, sonidos diáfanos, claros y …

… ¿Dónde había ido la algarabía mañanera de los pájaros?. Dejó de oírla, dejó de oír las notas del violín, la voz cálida de la desconocida y lo último que oyó fue un "frus,frus", el sonido de los ropajes de una zíngara maldita, y después de eso, nada, absolutamente nada.

No, no era posible.

¡Ya no escuchaba nada!

El silencio más atronador que jamás sintiese le envolvía, ni un ruido, ni un murmullo, ni tan siquiera escuchaba el siseo de la respiración de su mujer en la cama.

¡Había ensordecido!

Fue entonces cuando empezaron sus primeros síntomas de nerviosismo, eran como esa brisa matinal que precede al huracán devastador que aun no se presiente, pero que ha nacido ya en la lejanía, y que no asusta por tanto, sino todo lo contrario, que refresca el ambiente y te llena de calma, esa benefactora brisa húmeda del verano que refresca, como esa brisa era la ausencia de ruidos, el sosiego, ofreciéndole la paz que el girigaray de trinos no le otorgaban el resto de días, pero su intuición le decía que la tormenta estaba por llegar a puerto. 

Le llegó el olor de su pelo a través de la puerta abierta de la habitación, el olor a champú de hierbas flotaba en toda la estancia, aquella extraña se había colado en su casa, ya no la sentía en el andén de la estación envuelto en nieblas, sino en su propia casa, notó el aroma artificial de las esencias, embriagando el dormitorio. La vio entrar por la puerta, meneando sus caderas, acercándose a la cama, la vio sentarse a su lado, acercar su cuello a su cara, ofrecerle el exótico y embrujador perfume de su colonia y el aroma, - el olor a vainilla de su piel-, de su piel recién enjabonada.

En esta ocasión se sintió culpable, la desconocida mujer de sus sueños estaba allí, con él, en su propia cama, la culpa y el miedo le hicieron girarse y contemplar del otro lado el cuerpo no menos sensual de su mujer, que plácidamente dormitaba, y ello hizo que con su pecado expiado, al girarse de nuevo, la extraña mujer se fuese desvaneciendo paulatinamente, al igual que sus perfumes, que se fueron agriando, degradando, transformándose en un intenso olor acre a sudor que le recordó aquel de la vieja y la volvió a evocar, a sus palabras malditas … ¡Qué el diablo se te lleve poco a poco! . Cuando desapareció aquella impronta, aquel recuerdo nefasto, aquellas palabras premonitorias y agoreras de su sueño, cuando hubo desaparecido, reparó en que toda sensación olfativa, a su vez, también lo había hecho, había desaparecido de si.

Sus ojos bizquearon para verlo, pero su nariz ya no estaba.

Sintió un escalofrío, - se le pasó pronto al notar el cuerpo tibio de su mujer junto al suyo-, y se quedó dormido, poco tiempo, fue un cerrar de ojos tan sólo, como si aquella bella y extraña mujer no se hubiese ido de la habitación, sino tan sólo se hubiese llevado su aroma. Ahora estaba encima de la cama, a su lado, besándole muy tiernamente, con unos labios carnales, húmedos y cálidos rozando los suyos, juntándose, besuqueándolos, compartiendo humedades, una serpiente de placer colándose entre sus dientes, mojando sus labios, entrechocando sus lenguas en una batalla de gozo, mojadas por una lluvia espumosa y burbujeante, ensalivada, tierna, sensitiva, llena de un ardor exquisito, era un éxtasis que quería continuar en el tiempo, no acabarlo, seguir hasta el infinito, multiplicarlo, y sin embargo, cuando aquella extraña separó sus labios de su boca, dejó de sentirla, de sentir sus propios labios y su propia boca, alguien se la había llevado, se la había llevado como se habían llevado sus oídos y sus orejas, con su sentido auditivo y su nariz, y con ella el sentido del olfato, pero ya no le importaba demasiado, el sueño continuaba, seguía allí, esta vez no se había marchado, no la podía oler, ni oía los latidos de sus jadeos, ni el tacto de sus labios, pero ella se fue desnudando, botón a botón, su camisa se fue abriendo, y un torso genuino y sensual le dejó entrever unos blancos senos guardados tras un sujetador de encaje finamente bordado.

Las manos de ellas palparon su estómago, subieron por su abdomen y masajearon su tórax, sus costillas sintieron el roce de su piel, de aquellas cálidas manos, y sintió como se introducían dentro del pantalón de su pijama, y al sentirlas allá adentro, notó como el tejido de algodón se iba deshinchando como un globo que pierde aire, sus caderas iban desapareciendo, sus glúteos se iban deshaciendo entre las manos de aquella extraña como hojarasca seca, como azucarillo en el café, como si sus manos fueran un hierro al rojo puesto sobre hielo, deshaciéndolo, derritiéndolo, chupándole la savia como los pulgones a los rosales y sin embargo sentía placer, y siguió sintiéndolo incluso cuando vio que su pantalón no era más que un globo desinflado sin contenido, -sus caderas y glúteos habían dejado de ser, de existir-, siguió sintiéndolo porque las delicadas manos de aquella mujer, trepaban por su vientre, desde su ingle, e iban dejando tras de si el vacío más negro que nunca viese. Tenía ante sus ojos a la mejor prestidigitadora del mundo, la mejor maga, la reina de la brujas que hace desaparecer todo bajo el embrujo de sus manos, las cuales iban trepando, trepando, trepando hacia su corazón, hacia su alma, dejando a su paso una senda de desolación y ruinas, su propio cuerpo deshecho, perdido, destrozado, inexistente.

Le miraba el rostro, - bello, resplandeciente, juvenil -, sus senos semiocultos en la tela, - deseables, sensuales-, su piel desnuda y sus manos dotadas de magia que le iban devorando poco a poco, aquellas manos que iban comiéndoselo, gateando por su ser, hasta que tropezaron con los huesos de sus costillas, allá donde se detuvieron, como si una fuerza invisible las parase, las obligasen a retroceder. Retroceder ante la caja de su alma. El tórax era el arcón donde él guardaba su última esperanza de salvación, su inmaculado corazón, y al detenerse ella, al dejar de acariciarle, él dejó de sentir, tomó consciencia de aquel sueño y le entró temor. Ahora empezaba a sentir realmente miedo. Asustado, quiso gritar, pero no tenía boca, quiso despertar a su mujer, llamar su atención de algún modo, pero no tenía brazos, ni piernas, ni manos, ni pies, y un sentimiento nuevo empezó a aflorar: "¡El remordimiento!".

Comenzó a arrepentirse de haber actuado así ante aquella vieja y gorda zarrapastrosa que le leyó la mano, … ¡Qué el diablo se te lleve poco a poco, poco a poco!…, su mal de ojo, su profecía, su juramento, no importaba el nombre que le diera, se iba cumpliendo, el diablo se lo iba llevando poco a poco, primero las manos, los brazos, los pies, las piernas, los oidos, ..., sin embargo, no se dejó llevar por el pánico, aun no estaba esquizofrénico, era un sueño, una absurda pesadilla que acabaría pronto, así que desterraría el espanto y se quedaría tan sólo con aquel sensual ser, gozaría con él, libre de pesadillas, y como era su sueño, se le antojó que ahora se le mostrara con el torso completamente desnudo, libre de las ataduras de las telas envolventes y primorosamente bordadas que los amortajaban e impedían su libertad, libre de aquel engorroso y bello sujetador, y como su antojo se hizo real, una vez libres, sus ojos contemplaban extasiados aquellos senos redondos y espigados, florecidos, tenuemente bamboleantes como un flan de huevo y leche, y deseó tocarlos, pero no tenía manos, maldijo la maldición de la vieja por primera vez, pero la desconocida intuyó sus deseos oníricos y recostándose sobre él, tumbándose encima, rozó con su busto la porción de su cuerpo aun material, y él los notó sobre su pecho, aplastados contra su corazón, notando la dureza de sus pezones, cual una princesa un guisante debajo de cien colchones, y notó como sus costillas se iba fundiendo, como la mantequilla en la sartén, a la vez que unas manos acariciaban sus cabellos que se iban fundiendo a negro, desapareciendo, consumiéndose como lo hacía su propia cavidad torácica, como se funde el hielo de las montañas en primavera, y siguió notando el éxtasis, un placer pleno que le llegaba y horadaba el cerebro, hasta llegar a rozar el orgasmo, lo siguió notando, a punto de reventar, de llegar al clímax, de abandonarse por entero, mas justo en ese límite sin retorno, justo en ese límite predecesor de los fuegos artificiales, del orgasmo en sentido puro, una extraña sensación lo invadió, un cosquilleo en la nuca revirtió el proceso, era el regreso, sin alcanzar la cima, la decepción, la retirada sin el premio final, la total frustración sin lograr la cota siempre deseada, sin el deseo cumplido , éste fue demoliéndose poco a poco, a decaer, lenta, pero irremediablemente, su cerebro también había caído derrotado, todas sus neuronas sensitivas dejaron de hacer sinapsis.  

Bajo el masaje cálido de su manos, dejó de sentir tensión, dejó de sentir pasión, miró aquel cuerpo de la extraña con casi indiferencia, sin deseo, con ojos sin sed ni hambre, sin afán, neutros, sin apetito carnal. Con aquellos ojos ya inútiles, la vio sentada a horcajadas junto a la cama, allá donde no queda rastro alguno de él, sin resto alguno de su propio cuerpo, todo desvanecido, ido, perdido en la nada, y al lado de ella, de la desconocida, tan sólo podía intuir una mancha roja sobre las sábanas, aún palpitante y latiendo, imputrefacta, incorrupta, el corazón. El corazón era el único vestigio de su presencia humana sobre aquella cama, el corazón y sus ojos, y dejó de sentir poco a poco, dejó de sentir con su cerebro que se carcomía desde la nuca hacia una cara despojada de todo. Sin cerebro, sin sus recuerdos, sin su mente ya no podía pensar, ya no podía sentir, tan sólo unos ojos miraban sin pasión, y al alzarlos la vio en todo su esplendor, notó los ojos de las extraña mirando los suyos, era la misma sensación en ellos que notó durante el encuentro con la zíngara, eran aquellos ojos, y a pesar de no sentir apenas nada, aquello le estremeció, y notó una punzada en el alma.

Vio aproximarse aquellos senos dorados a sus ojos, los vio, y vio como cada uno de aquellos agrestes pezones de fresas se le introducían por ellos, sin hacerle daño, sin notar nada, un ligero sueño tan sólo, un sueño del que despertó bruscamente, ahora ya no era él, era un leve y tenue vapor de humo que iba ascendiendo desde aquella mancha roja sobre la sábana, lo único que quedaba de él, su corazón, se iba elevando, flotando, como mil mariposas blancas ascendiendo hacia la inmensidad, evaporándose.  

Ahora sentía, sentía con el corazón, sentía que se le escapaba la vida a borbotones, sentía hervir la sangre dentro de un pecho inexistente, y notó a su mujer ronroneando como un gatito sobre la cama, y notó a la extraña desnudándose de cintura hacia abajo, desprendiéndose de sus pantalones, mostrando sus bellos muslos, sus lacias piernas, sus lindos pies, desprendiéndose de su diminuto tanga y vislumbrando su sexo, perfecto, generoso, apetecible, pero ahora, al sentir con tan sólo el corazón, con aquel corazón que se evaporaba, aquello le dolía, se sentía culpable de sentir aquel deseo carnal sobre una extraña desconocida.

Desde lo alto lo contempló, se había equivocado, totalmente equivocado, no era el corazón el único órgano suyo que permanecía todavía en forma material sobre la cama, lo vio cuando ella introdujo su mano en el arrugado y no tan vacío pantalón del pijama. Su tienda de campaña, su accidente geográfico, –como él los llamaba- yacía allí desplegado, entero, enhiesto, expandido en todo su esplendor, magníficamente dilatado y dotado, observó desde las alturas como la extraña y excitante mujer jugueteaba con su órgano viril mientras él ya no estaba allí, pues él era humo, era sangre hervida, era corazón lacerado que se evapora hacia el infinito, y no sentía nada, no sentía, no tenía pensamiento, no era dueño ya de aquel instrumento que ahora ella sostenía junto a su cuerpo, y que sin embargo, había formado parte muy íntima de él, pero ya no, ya no, y un eco resonaba en su ente abstracto … ¡Qué el diablo se te lleve poco a poco! , ahora el diablo se lo había llevado entero, poco a poco, hasta completar su obra, y ella, -tal vez fuese ella el propio diablo-, jugueteaba con la única parte noble de su cuerpo, allá abajo, sobre su cama, pero él ya no estaba, el diablo había sabido escoger su juguete, el juguete del diablo, e indiferente e inapetente, contempló el erótico juego masturbatorio de aquella mujer, plena de desnudez, con su juguete de placer sobre su cuerpo bellamente formado …

… Despertó tiritando, todavía con aquella sensación de irrealidad reflejada en su rostro, le costó recuperar la realidad de su habitación, le costó rechazar aquella pesadilla que no sabía si tratarla de horror ó de puro erotismo sexual, le costó hasta que sintió a su mujer a su lado, y sintió la mano de ella acariciando su sexo, su pene, agitándolo, meneándolo con suavidad, excitándole y de nuevo, por un momento, creyó estar en la pesadilla, creyó ver a la extraña, completamente desnuda, jugando con su sexo, pero ahora sintiéndolo, no siendo humo, no siendo ente externo, no siendo sangre en ebullición de su alocado corazón. Le costó rechazar la idea aun palpitante de aquel sueño, de aquella pesadilla, le costó rechazar la sensación ambigua que le decía que no era la extraña mujer desconocida la que le acariciaba, sino su propia mujer, como si aun siguiera en él, pues aun tenía en su recuerdo los ojos de aquella mujer, pero los de su esposa eran también muy hermosos, no podrían compararse con los de aquel recuerdo, pero eran muy atractivos, y cuando logró zafarse por completo de aquella sensación y noto que tan sólo era real la mujer que ahora le besaba, su esposa, la deseo como nunca había deseado a una mujer, ambos se desnudaron alocadamente, de forma apresurada e hicieron el amor de forma salvaje, apasionada, con ganas, con un deseo nuevo, como si fuese la primera vez que lo hacían el uno con el otro, con genio, con denuedo, con las ansias de lo prohibido, con la magia de los cuentos, y sin embargo …

… sin embargo, desde una inabarcable altura, y siendo un imperceptible vapor sanguíneo de humo que se elevaba desde la cama, alejándose, volatilizándose desde un corazón amargo, alguien, un ente hecho vapor, contemplaba impotente y horrorizado bajo los ojos de aquella nube, a un ser horrendo y deforme, diabólico, lujurioso y sátiro, aquel que vestido de extraña mujer de insondable belleza le había seducido en sus sueños hasta hacerlo desaparecer, hacerlo humo…¡Qué el diablo se te lleve poco a poco¡ …, ahora había ocupado su puesto en la cama, se había convertido en él, robándole su forma, apoderado de su cuerpo, adueñado de su mente, e incluso, lo que más le dolía, dueño de su propio órgano genital, el juguete del diablo, lo único ciertamente incorrupto y no su etéreo corazón, no su alma desdibujada , y ahora aquel extraño individuo, ó aquella mujer que le sedujo, ó el diablo mismo, ó acaso fuese la zíngara, ya que no sabía quien realmente era el que ocupaba su puesto, tal vez la misma cosa con apariencia distinta, pero no él, no él, no era él quien ahora yacía haciendo el amor con aquella otra mujer verdadera de carne y hueso, su propia mujer.

 

Piel de melocotón

Piel de melocotón

Cuando la lujuria se viste con piel de cordero, se multiplica por infinito el éxito.
Si el éxtasis se obtiene con tan sólo una mirada lasciva, y una imaginación calenturienta, el deseo no se reprime con el sueño, el ansia permanece, el ardor vehemente se esconde tras el pecho, tras las circunvoluciones del cerebro, al acecho, emboscado, presto a hacerse el amo al menor resquicio que el razonamiento, - esa ingenua virtud cívica - le de tregua.
Esa extraña criatura que me cruzo en mi senda de cazador, se yergue arrogante, desafiante, retadora, triste y lánguida palidez en su madurez otoñal, y por ende más sensual y exquisita, prohibida, cual especie en peligro de extinción vedada al cazador, el cual con más ansias la persigue.

Ella se desnudó para mí en otoño, sutilmente, con miedo, despacio, espaciando el tiempo, espaciando los días, temblaba todo su cuerpo, su vestido verde rodó por el suelo, afuera, el viento ululaba con fuerza. Le tenía miedo al frío, a las traidoras corrientes de aire helado que le helaban la sangre, que le desnudaban el alma, que le segaban la vida y la dejaban aletargada, dormida, esperando el calor venidero para resucitar su dicha, su esplendor, su naturaleza cálida y primaveral. Se desnudó en otoño. Su cuerpo desnudo, infantil en su madurez, se antojaba frágil, quebradizo, huidizo, si, huidizo en la lejanía de la mirada, solitario a la intemperie, tiritando más allá de un fuego, de una brasas que radiaban su rojo hechizo en el hogar de acero templado que el ladrillo refractario de la chimenea envolvía con pasión de ogro de cuento. Se desnudó en otoño. Se despojó de sus atuendos, sus brazaletes, sus collares, sus pendientes, sus amuletos, y tras su vestido verde, su cuerpo me mostró un picardías pardo, que translucía todo su terso tronco, el castaño de sus ojos, de su pelo, de su cuerpo, se intensificaba tras aquel ropaje etéreo, efímero, que yo sabía que caería derrotado al más mínimo golpe de viento, de caricia de la brisa, de susurro de palabras en el aire.

Pasó en un instante, la vi vestirse poco a poco, muy despacio, cobrando vida, despertando del sueño del letargo, cubriendo su desnudez, haciéndose opaca a mis anhelos, pero llena de vitalidad, genuina, hermosa, como naciendo a la vida de nuevo, el fuego de la chimenea se había consumido, tan sólo quedaban rescoldos añejos, ella se fue vistiendo. La vi bella, más dulce y primorosa que nunca, con un vestido nuevo, un señuelo para múltiples y ávidos don Juanes sedientos de un néctar virginal, inmaculado, guerreros con lanzas afiladas que no dan tregua, que rinden a su presa, que seducen y adulan, que atosigan, que acosan con lisonjas tras las cuales obtienen su premio.

Cuando ella volvió a mí, deshonrada, preñada, aún seguía bella, con su vestido verde, y más apetecible que nunca, madura, vital, entre su cuerpo maduraba el fruto del pecado, cual manzana de la perdición en el paraíso, aquella piel aterciopelada, aquel sabor de su cuerpo, se me mostraba fresca, sensual, irresistible, un deseo intenso de desnudarla, tomar su fruto maduro entre mis manos, acariciar la suave piel de melocotón de su ser, comérmela a besos y abrazos, morder con fruición cada uno de sus instantes de vida, saborear el aroma de su cuerpo, perdonar, olvidar, sentir entre mis dientes, entre mis labios el jugo de sus entrañas, su redondez afrutada.

Cuando contemplo el melocotonero del jardín cuajado de frutos, no puedo dejar de pensar en ella. Dos vidas paralelas. Árbol y mujer, dos seres idénticos. Idénticos en su forma de mostrarme su desnudez otoñal, su vestido verde de primavera y su jugosa y apetitosa carne de melocotón estival.

Cana y Mora

Cana y Mora

Me levantaba tan alegre y tan despierto al fuerte olor del aceite de oliva con que se hacía el pan frito por las mañanas con el que desayuna mi abuelo, que se me olvidaba vestirme, salía de la oscuridad de la habitación en ropa interior y descalzo, mirando si el abuelo estaba en la cocina, y si no la hallaba, como sucedía siempre, me lanzaba hacia la puerta que se abría al patio, festoneada con cortinas hechas de tiras a partir de chapas. Yo había ayudado a hacerlas, a mi modo, recogiendo de la tasca cuanta chapa de cerveza encontraba en el suelo, los días que acompañaba al abuelo en sus interminables partidas de cartas en ese bar con olor a morcilla guisada que tanto atraía a los forasteros. Mas tarde, el abuelo, con sus viejas tenazas, las iba doblando sobre si, retorciéndolas,  como puntas de flecha, y las uncía a la cuerda, no había dos iguales, aunque lo parecieran. Ni un solo día logré atravesar esa barrera sin que la abuela se diera cuenta, nunca he sabido como era capaz de sentirme, yo no hacía ruido –al menos yo no me oía a mí mismo -, y ella estaba de espaldas frente al hornillo de la cocina de carbón, pero me pegaba un grito tan estridente que mis ansias de libertad quedaban coartadas al instante y debía regresar a la habitación a vestirme adecuadamente, mi camisa, mis pantalones cortos, y calzarme los zapatos, después de lo cual, me llegaba hasta la abuela e invariablemente, le daba un beso de buenos días, y tenía que escucharla decir que me asease en la palangana, me quitase las legañas, me peinara como era debido y me sentara en la mesa a tomar el desayuno.
Miraba constantemente el mundo opaco del exterior a través de la luz que se filtraba entre las chapas de cerveza, y a pesar de mi nerviosismo, mis rodeos a su alrededor, mis tirones a su saya larga para apresurarla, nunca lograba poner nerviosa a la abuela, a ella no le importan mis deseos – pensaba yo, ó al menos eso creía – ni mis prisas, no podía estarme quieto en la silla, y la rondaba, toqueteaba todo lo que sobre la mesa alcanzaban mis manos, pues no me dejaba acercarme al fuego ni a la repisa de la cocina, a la cual difícilmente alcanzaba, y cuando por fin ella depositaba el desayuno a mi lado, lo engullía en un periquete, sin saborearlo, le volvía a dar un beso y salía corriendo hacia las cortinas gritando “el abuelo habrá esperado por mi” .

A veces maldecía aquellas cortinas, porque se enredaban unas con otras y me impedían el paso y tenía que estar desenredándolas, pero una vez traspasado aquel muro, el mundo libre se abría ante mi, subía corriendo el patio interior, jadeante, dejando atrás los macizos de flores que mi abuela cuidaba con sumo cariño, con sus  pendientes de la reina asomando en sus ramas, y el rosal, un arco de rosas que adornaba todo el cobertizo, por encima de la pila de lavar, y algún que otro parterre de geranios y flores desconocidas para mi, la tinaja de barro que se usó para vino, para macerar olivas, y ahora era almacén de reserva de agua, a veces, tenía que apartar los asientos de corcho que se interponían en mi camino al doblar la esquina de la pared de la cuadra, y allá, al final, estaba la cancela de madera que daba paso al corral grande, con su enorme higuera en el centro y la bodega al fondo. Era entonces cuando lo intuía, cuando mi ánimo se ponía triste al ver que ya no estaba ó al contrario, empezaba a latir aún más fuerte, mi ya alocado corazón de niño, pues él estaba allí, le había pillado, no se había logrado escapar de mí, su pesadilla, su trasto, su nieto alborotador que no le dejaba hacer nada. Bueno, yo no sabía que le entorpecía en su trabajo, quería ayudar, siempre dispuesto a echarle una mano, a traerle lo que el me pidiese, sobre todo, y especialmente, cuando había que jugar con la cana y la mora, hoy estaban muy lustrosas, allá plantadas las dos, junto a la higuera, tan grandes como los fardos de corcho amontonados en la era junto a los alcornoques, son la cosa más importante para mi, las quiero un montón, son la ilusión de mis pocos años de niño travieso, me hacen reír, me dejan jugar con sus rabos largos, sus ásperos pelos ensortijados de sus crines, los cortos y rasposos de sus cuerpos, y me embarga un deseo ambiguo de abrazarlas y quererlas y tenerlas a las dos para mí sólo, para siempre, para ello necesito al abuelo, para que me trepe sobre ellas y las pueda abrazar, a él también le quiero, le quiero mucho, pero siempre me olvido de él cuando las veo a ellas, me meto entre sus patas, correteo de un lado a otro, me cuelo entre medias de las dos y ellas, las muy traidoras siempre me delatan, empiezan a cabecear, a veces piafan y es cuando el abuelo se entera que yo ando por allí, me quiere mucho, pero dice que soy un estorbo y a veces llama a gritos a la abuela para que venga a buscarme y ella me lleva a rastras del corral, incluso hay días que me ata con un cinturón para que me esté quieto y no les dé la lata a ninguno de los dos, pero hoy no lo ha hecho, ni tan siquiera me ha regañado, debe de andar de muy buen humor, él nunca me da besos, tan sólo azotes en el culo, y hoy, a pesar de andar correteando entre las dos mulas, aturullándolas, apenas me ha prestado atención y ha seguido con su tarea.

Ellas son dos viejas mulas ya trabajadas, pero para mí son burros, mis burros, dos borricas bien plantadas, una de pelaje blanco sucio, ceniciento, canoso, la Cana, la otra es su contraste, oscura, del color de las olivas ó de los higos morados, la Mora, ambas me gustan por igual, aunque el abuelo diga que la Cana es tan terca y testaruda como una mula, y la Mora sea más disciplinada y sumisa, pero más perezosa, dice que yo me parezco a la Cana, un zascandil chiquilicuatre que no se hace caso de nadie, claro que, si les hiciese caso, nunca podría acercarme a ellas, ni tan siquiera para verlas, pero hoy el abuelo está displicente, tolerante, me deja que les dé de comer en mi mano, tienen unos dientes que asoman por sus belfos que dan miedo, yo ya no lo tengo ahora, pero asustan, parecen enormes piedras blancas dispuestas a triturar mis dedos al menor descuido.

El abuelo las está preparando, colocándoles los arreos, enganchándolas al carro, un carro de hojalata y madera, con ruedas enormes, descubierto, mientras yo le observo y no me estoy quieto, rondándole a él y a las mulas, toqueteándolo todo, pero soy así, no puedo remediarlo, no sé estarme quieto y creo que su aguante ya ha superado la dosis del día y se ha cansado de aguantarme, así pues que me ha cogido por debajo de los brazos y de un brinco me ha subido a lomos de la Mora, para que me quede quieto un rato. Los dos hemos conseguido nuestro propósito, él, que yo dejara de corretear entre las patas de las borricas, y yo, montar sobre una de ellas, a pelo, con mis piernas colgando a ambos lados, jugando a cabalgar, gritando, abrazándome a su cuello con el ímpetu de un niño de ocho años, imitador de vaqueros del cine del pueblo, de películas de indios en blanco y negro, bajo un griterío de guerra, que mi abuelo soportaba estoicamente mientras terminaba su tarea, aunque con los nervios algo desquiciados, con los cuales, para calmarme y calmarse a si mismo, me ha ido contando una historia, algo sobre un burro, y sobre un poeta, un escritor que dice que paseaba por las calles de su pueblo a lomos de un tal Platero, manso y de orejas enhiestas, me cuenta que era más que burro, su amigo, tal cual yo lo soy de la Cana y de la Mora, y mientras él me intriga con su historia, y me embelesa con ese cuento, que es inventado, para que me esté quieto, -fijo que no es cierto-, me fijo en que  hoy no llevaban alforjas, ni estaba el carro lleno de tratos diversos, y lucían más limpias que de costumbre.
Hoy, hoy iba a pasear con el abuelo por las calles del pueblo.  

Con cuanto orgullo conducía las riendas, gritando “arre, arre, aaaaarrrrreeee”, por la calle cuesta arriba, sostribado sobre la cubierta de madera y chapa del pescante del carro, era el niño más feliz del mundo, me daba unos aires de grandeza, unos humos, unas ínfulas de héroe de cuento vencedor de dragones por el cual suspiraran las princesas, mientras la Cana y la Mora me obedecían, al trote resonaban sus cascos en la calzada empedrada de adoquines, como si fuesen trompetas que anunciaran el ataque del séptimo de caballería, y yo fuese el general al mando de las tropas, tenía en mis manos el bastón de mando, aquellas riendas de cuero que guiaban mi mundo, el amo, el dueño, siempre bajo la atenta mirada de mi abuelo que sonreía al verme tan dichoso y más alocado, inclusive, que de costumbre. Esa sensación de sentirme dueño de mi pequeño mundo, me embargaba con tanta intensidad, que parecía volar, las calles corrían bajo mis pies, pasaban sin darme cuenta, observaba a mi abuelo saludando a algún que otro aldeano caminante, y mi orgullo se acrecentaba, se hacía gigante, yo deseaba también saludar, pero incapaz de soltar las riendas, brincaba sobre el suelo de madera y les gritaba salutaciones copiadas e imitadoras de las palabras de mi abuelo, para centrarme a continuación en mis dos borricas y gritarles a ellas con más brío, para que todos me oyeran, “arre Cana, arre” , “arre Mora, arre”, “venga chicas, arre, arre, arre” .  

Aún sigo en aquel carro, al lado de mi abuelo, llevando las riendas, se me ha aparecido en recuerdos, ha golpeado mi cerebro, mi mente, es curioso, ahora, a mis ochenta y cinco años lo recuerdo más nítidamente que lo que hice ayer. ¿Qué hice ayer? . Nada, lo de siempre, supongo, no lo recuerdo, ahora hago lo mismo todos los días, tedioso y anodino, y me aburre y por ello no lo recuerdo, quizá no lo recuerde por ser todos los días un igual al de ayer, ó quizá por mi enfermedad, que me han dicho que quizá se trate de Alzheimer.          

Conjura en el harén

Conjura en el harén

En el sosiego de la trastienda la traición revoloteaba juvenilmente sobre un futuro incierto, ilusiones pequeñas anidaban en almas egoístas e inconformistas, amor y odio, conjuras de mujeres, ojos ciegos de un Rey que no ve, que manda y ordena y ellas acatan y le hacen gozar en noches fingidas de quejidos bajo sábanas blancas y pieles húmedas, cálidas y sudorosas, jóvenes conformistas que toleran su status de concubinas reales, sin una protesta, en un país incivilizado, del pasado histórico, de un tiempo inmemorable, dictatorial, en un reino patriarcal de faraones casi dioses a los ojos de súbditos empobrecidos y masacrados al látigo de la obediencia, constructores de tumbas reales. Historias de tragedias desgarradoras.

El agua retrocedía en las orillas del Nilo, la esposa acariciaba los cabellos del niño, del hijo, del infante, le mecía en sus brazos, le besaba su piel suave, le protegía de las amenazas torpes y gratuitas del faraón que le habían hecho llorar una vez más, y se había refugiado en brazos maternos. La conjura se gestaba, apenas un embrión, el del odio, fortalecido por la relación de lejanía, no había un líder, no había un guía, era no más que un Rey curioso que charlaba sin decir nada, que gobernaba a golpes de caprichos, que había heredado su posición, una autoridad sin mando, un bastón hecho de papiro, y una mujer con manos fuertes, carismática, con antecedentes, cabeza visible de su harén, con don de poder, genio, la cúspide de la pirámide, el eslabón más hercúleo de la jerarquía de aquel grupo de mujeres, encerradas más que en una prisión, en si mismas. Rey blando. Esposa fría y calculadora. Concubinas calientes, sumisas, dóciles y manejables.

El antiguo Egipcio, próspero, rico, se empobrecía con cada crecida del Nilo, con cada sepulcro relleno de sudarios de plata y oro, con cada sacrificio divino.

La nueva concubina era joven, alta, deseable, virginal, envidiada, de negros ojos rasgados, voluminosos pechos y amplias caderas envueltas en gasas sedosas, vaporosas, fue entregada a cambio de una deuda vencida de un capataz constructor de pirámides, el premio de la libertad para un padre, y el orgullo de ser cohorte real en el harén del faraón.
Celos.
Nadie es más hermosa que la primera esposa, nadie. Segundo vaso lleno que acrecienta el rencor, el odio se apodera de los corazones que traman venganza, reclaman justicia, imploran maleficios y conjuran maquiavélicos planes contra el poder reinante, un Rey que ha perdido el rumbo, se ha dejado engatusar por los bajos instintos de la carne y anda subyugado y embrujado por las bajas pasiones, efímeras y transgresoras.
Nada es ajeno a las arenas del desierto, más allá del fértil valle del Nilo.

La balanza pesa en un platillo una pluma liviana, en el otro, un corazón arrancado a un Rey por la misma mano asesina que lo ha matado, es el juicio, si el peso del corazón lo arrastra hacia el suelo, el Rey no entrará en el templo, si la balanza se equilibra, - si la pluma es tan pesada como aquella entraña-, el faraón será idolatrado Dios.